
De pequeño me fascinaban los insectos, era como si tuviesen un mundo especial para ellos, el mundo de los insectos. Durante los tórridos días de verano me sentaba en la arena a mirar el caminar de los escarabajos y siempre terminaba preguntándome si tendría algún sentido, si buscaban alguna dirección en concreto o caminaban por inercia. Ponía la palma de la mano sobre la arena para interrumpir sus trayectorias y al observar como subían a ella, sin inmutarse, mi desconcierto era enorme; "no saben a donde van", pensaba. Podía quedarme horas mirando y siguiendo las carreteras de pequeñas hendiduras que dejaban sobre la arena.
Con los saltamontes me pasaba algo parecido, corría hacia los maizales con los botes de cristal que me daba mi madre y tras hacer agujeros en la tapa, buscaba inquilinos dignos de ocupar aquel exquisito lugar; era muy meticuloso y resultaba muy complicado decantarse por unos u otros. Un color bonito, unas patas demasiado largas o unos ojos diminutos siempre eran la clave. Los insectos eran mi gran preocupación por aquel entonces.
Hoy hago un esfuerzo para no correr cuando veo cualquier tipo de bicho asqueroso, ¡qué repugnantes! Con ese zumbido insoportable capaz de sacarte de tus casillas y destrozar tu sueño, o con esa pasta viscosa y vomitiva que les sale del abdomen cuando son reventados. Joder con las cucarachas, qué asco. Ver una en tu casa te parte por la mitad de la impresión que da; asquerosamente marrón y brillante, asquerosamente gigante. Y las moscas no lo hacen mucho peor, posándose en cualquier cosa para pasarle por encima esa especie de trompetilla que tienen, lo mismo les da una hez que tus patatas fritas... cuando no son las dos.
Un día leí (no sé donde), que a lo largo de nuestra vida nos comíamos, al dormir, un número de insectos importante. Qué asco imaginar una pequeña araña entrando en mi boca abierta mientras duermo plácidamente. En serio, es que no puedo con los bichos...
¿Y tú qué?